Nada por aquí...

Genji

2026
La primera novela de la historia.

Año 1008. Corte imperial de Kioto. Sobre un estante se amontonan, dobladas con delicadeza, hojas de colores con restos de perfume. Bajo la luz tenue de una lámpara de aceite, una dama desliza el pincel para seguir desgranando las aventuras amorosas de Genji, auge y caída de un príncipe que no llegará a ser emperador. De ella apenas sabemos nada, salvo que se hace llamar Murasaki Shikibu y está inventando, sin saberlo, la novela moderna.

Una crónica de costumbres, una saga familiar, un friso monumental de una sociedad ya desaparecida, anterior a las geishas y a los samuráis, a los jardines zen y a la ceremonia del té, a los haikus, al teatro Kabuki y a todo -o a casi todo- lo que identificamos hoy con el Japón tradicional. Asentada sobre valores estéticos de un refinamiento exquisito y minuciosos códigos de comportamiento donde los muros están hechos de papel y el concepto de soledad no existe, que admira a la mujer por su capacidad para crear belleza y “un buen amante se comporta con tanta elegancia al amanecer como lo haría en cualquier otro momento.”

Un friso monumental de una sociedad ya desaparecida.

Recluidas en cámaras del complejo palaciego en las que apenas entra luz, ocultas detrás de biombos y bajo varias capas de vestimenta, con los dientes pintados de negro y sus rostros maquillados de blanco, sus inquilinas interactúan con los hombres mediante cartas anudadas a una rama de ciruelo. Y con ello la corte se ilumina con poesías que nos hablan del amor: del cortejo y de su laboriosa preparación, del abordaje de la amada, de lances pícaros en estancias oscuras, del desenlace incierto, aunque siempre apasionado, de afectos, promesas, traiciones.

Una meditación sobre la fragilidad del deseo y la belleza efímera.

Con una mirada capaz de desvelar tanto el protocolo de la aristocracia palaciega como la exquisita poética del período Heian -el detalle de una manga, un trazo de caligrafía, la textura para un estado de ánimo-, el Genji Monogatari ofrece también una meditación sobre la impermanencia y la fragilidad del deseo, sobre la tristeza inherente a la belleza efímera que abre un hueco entre lo mostrado y lo oculto, entre lo sugerido y lo callado, en el umbral perpetuo de la insinuación. Una mujer, detrás de una cortina, ve entrar a un hombre. Y escribe Murasaki: “Instintivamente, aunque ella sabía muy bien que él no podía verla, se alisó el pelo con la mano.”

Y todo este espectro vaporoso de susurros y gestos velados, de secretos a medio guardar, con la dulce melancolía de sus 800 poemas que impregnan el alma humana y expresan la hermosura de ese universo violáceo con cientos de personajes, y toda la inquietud, y toda la agitación de sus corazones, es el que capturamos en esta colección donde cada accesorio ocupa, a modo de capítulo, un lugar concreto.

Un espectro vaporoso de susurros y gestos velados, de secretos a medio guardar.

A las blancas y sutiles piezas de la primera parte que emulan las capas interiores de los kimonos y las flores pálidas, el papel translúcido de las cartas y la luz suave que se filtra entre biombos siguen las azules y plateadas del bloque central, más profundas, más introspectivas, para culminar en un estallido de rosas y rojos que simbolizan la herida de nuestro príncipe malogrado. Y todo ello en metacrilato, que nos permite trabajar la transparencia y el color con precisión, creando pendientes y collares que reaccionan a la luz y al movimiento al igual que las emociones de sus personajes.

Una obra inigualable cuyo legado aún sigue vivo.

Recreamos aquí una obra inigualable cuyo legado aún sigue vivo. Que nos invita a sentir la hermosa fragilidad de la existencia y recuerda que no hay auge sin caída ni amor sin aflicción. Que amplía nuestra comprensión de los sentimientos y nos enseña a ver belleza en la incertidumbre, incluso en la decadencia más cruel. Tejida con el lenguaje de los sueños. Que comienza con el tono de los cuentos y termina, dos mil páginas después, como si hubiera recorrido la historia entera de la literatura. Tan sublime, tan sofisticada y “tan hermosa que parece que no debe durar en este mundo”.