Nada por aquí...

ABANICO

93,75 

El príncipe se sorprendió de la coquetería de la anciana, pero tenía ganas de ver hasta dónde era capaz de llegar, de modo que le tiró del vestido por detrás. Naishi se dio la vuelta, cubriéndose la cara con un abanico de colores chillones, y le lanzó una mirada abrasadora desde sus ojos oscuros y hundidos. Su melena, que el abanico no ocultaba, parecía de alambres. «Esta señora carece de gusto en cuestión de abanicos», pensó Genji, le quitó el que llevaba y le dio el suyo. El abanico de la dama era tan encarnado que su reflejo encendió las mejillas del príncipe, y había sido decorado con un bosquecillo de bambúes dorados. En un rincón y con una caligrafía anticuada pero todavía aceptable, alguien había escrito: ¡La hierba de Oaraki está mustia!, una cita poética bastante acertada habida cuenta de la edad de la autora.

—¡Supongo que quieres decir —dijo él— que tu bosque es la residencia estival del cuco!

(Genji Monogatari, cap. 7, pp. 259-260)

  • 6 g
  • 3,1x5,6 cm
  • Metacrilato y latón con baño hipoalergénico en oro de 18k.

1982 disponibles

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