SEDA
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Mientras se acercaba al otro lecho, Kaoru tuvo la certeza de que nunca había visto un ser que denotara tanta sensibilidad y altivez al mismo tiempo. Su atuendo se parecía al de su hermana, pero a ella le sentaba aún mejor. Tenía una belleza más lánguida y reposada que la otra, que la hacía más atractiva aún, si cabe, y, aunque su melena parecía menos espesa y de puntas un tanto desiguales, quizás porque, con el duelo, no le había prestado excesiva atención, era como un manojo de hilos de seda y de ese color mágico que suele asociarse con el plumaje del martín pescador.
Se detuvo un instante para mirar hacia atrás con suspicacia, y luego volvió a avanzar: el porte de aquella dama tenía una majestuosidad incomparable, y la mano que sobresalía de la manga empuñando un rollo de color rojo era más pequeña y delicada que la de su hermana. En aquel momento algo ocurrió en la estancia que hizo que Naka no Kimi, que estaba arrodillada en el suelo junto a la ventana, mirara también en dirección al «observatorio» de Kaoru, sonriendo, y el joven hubo de reconocer que también era, a su modo, una auténtica preciosidad.
(Genji Monogatari, cap. 46, pp. 1757-1758)
1992 disponibles