El jardín

El espectador curioso que se acerca al Museo del Prado y se detiene distraídamente ante El jardín de las delicias puede caer preso del vértigo ante la compleja trama que satura su mirada.

En sus paisajes de fantástica belleza se mezclan escenas de amor lascivo con criaturas monstruosas. La imaginación onírica con la simbología hermética. Una cabalgata de hombres sobre estrafalarias monturas seduce a un grupo de doncellas. Las cuerdas de un arpa gigante crucifican a un penitente. Una fruta gigantesca sirve de refugio a dos amantes. Un batracio lee un pentagrama en el trasero de un desalmado. Los cuerpos emergen de los lugares más insólitos: flores, bayas, la concha de un mejillón, la carcasa de un alacrán... Lo sublime y lo siniestro, lo delicado y lo grotesco se entremezclan con una creatividad prodigiosa. Uno no sabe adónde mirar y no puede dejar de comentar lo que presencian sus ojos. ¿Qué es todo esto? ¿Qué significa?

Leída como un libro, de izquierda a derecha, su historia es en apariencia sencilla: en la cara externa de sus dos paneles cerrados el Universo antes de la creación del hombre.

Los colores han enmudecido en los albores del mundo, en sus grisáceas formas vegetales. Y, al abrirlos, la sorpresa de la luz sobre un paisaje densamente poblado de humanos y animales. A la izquierda, Dios bendiciendo a Adán y Eva arropado por palmeras y unicornios. En el exótico panel central que da nombre al cuadro, cuerpos empachados de lujuria entregados sin remordimientos al juego del amor. Y, a su derecha, como un espejo invertido, el Infierno. Un monstruo con cabeza de pájaro defeca condenados, quienes escucharon música profana son torturados por sus propios instrumentos, los envidiosos se ahogan en un lago helado. Un mal invisible deforma la materia. Los objetos cotidianos han crecido y se han vuelto amenazantes. Las víctimas tratan de huir, pero nada cambiará su destino irremediable.


Llega un catálogo de pecados terrenales y castigos diabólicos en forma de accesorio, una advertencia sobre lo efímero de los goces humanos y los peligros de la carne bajo maravillosos pendientes y collares.


Y, ahora, dínos, confiesa: ¿también caerás en la tentación?