Otoño / Invierno

Fungi

Antes de los hombres y de sus ciudades. Antes de los árboles que se alzaron hacia el cielo. Antes de que la primera criatura abandonara el océano, allí estaban ellos: arquitectos silenciosos de la vida, guardianes de lo oculto, tejedores de la red interminable que sostiene el mundo. Hongos.

Cada hongo que brota en la penumbra es una escultura del destino. Cada filamento un puente hacia lo desconocido. Sus formas imposibles son himnos en piedra blanda. Sus geometrías, testigos delirantes de un arte anterior al Arte. Parecen frágiles, pero pueden romper el asfalto y arrastrar pesadas piedras. Parecen insignificantes, pero superan a menudo las miles de hectáreas. Parecen fugaces, pero sobrepasan los 9.000 años, como ese legendario Armillaria ostoyae que habita en las montañas de Oregón de cientos de toneladas.

Ya sea en los sedimentos del lecho marino o la superficie de los desiertos, en los valles de la Antártida o los bosques siberianos, en el espacio sideral o el interior de nuestros cuerpos, los hongos están en todas partes: cada año expulsan 50 millones de toneladas de esporas -equivalentes al peso de 500.000 ballenas azules-, convirtiéndose así en la mayor fuente de partículas vivas en el aire. 

Llega una colección que desciende hacia lo subterráneo para reivindicar lo oculto. Que convierte en joya el poder callado de la metamorfosis. Y que eleva lo invisible a la categoría de mito.

Porque en la oscuridad late la grandeza. Y en el silencio germina la eternidad.