Genji

Año 1008. Corte imperial de Kioto. Sobre un estante se amontonan, dobladas con delicadeza, hojas de colores con restos de perfume. Bajo la luz tenue de una lámpara de aceite, una dama desliza el pincel para seguir desgranando las aventuras amorosas de Genji, auge y caída de un príncipe que no llegará a ser emperador.

Una crónica de costumbres, una saga familiar, un friso monumental de una sociedad ya desaparecida, anterior a las geishas y a los samuráis, a los jardines zen y a la ceremonia del té, a los haikus, al teatro Kabuki y a todo -o a casi todo- lo que identificamos hoy con el Japón tradicional. Asentada sobre valores estéticos de un refinamiento exquisito y minuciosos códigos de comportamiento donde los muros están hechos de papel y el concepto de soledad no existe, que admira a la mujer por su capacidad para crear belleza y “un buen amante se comporta con tanta elegancia al amanecer como lo haría en cualquier otro momento.” 


Con una mirada capaz de desvelar tanto el protocolo de la aristocracia palaciega como la exquisita poética del período Heian -el detalle de una manga, un trazo de caligrafía, la textura para un estado de ánimo-, el Genji Monogatari ofrece también una meditación sobre la impermanencia y la fragilidad del deseo, sobre la tristeza inherente a la belleza efímera que abre un hueco entre lo mostrado y lo oculto, entre lo sugerido y lo callado, en el umbral perpetuo de la insinuación. Una mujer, detrás de una cortina, ve entrar a un hombre. Y escribe Murasaki: “Instintivamente, aunque ella sabía muy bien que él no podía verla, se alisó el pelo con la mano.”

Recreamos aquí una obra inigualable cuyo legado aún sigue vivo. Que nos invita a sentir la hermosa fragilidad de la existencia y recuerda que no hay auge sin caída ni amor sin aflicción. Que amplía nuestra comprensión de los sentimientos y nos enseña a ver belleza en la incertidumbre, incluso en la decadencia más cruel.